La IA y su futura dependencia de la energía nuclear

Por Carlos Christian Sueiro, profesor de Criminalidad Informática, doctor en Derecho Penal, especialista en Derecho Penal y abogado con Diploma de Honor por la Universidad de Buenos Aires (UBA).


La economía digital no “vive” en la nube: vive en la electricidad. Durante años, la conversación pública se concentró en los beneficios intangibles de internet, la nube y la automatización. Pero detrás de cada búsqueda, cada mensaje, cada transacción y cada algoritmo hay un costo físico y creciente: energía, infraestructura y calor que debe disiparse.

La expansión de internet —de la Web 2.0 de interacción a la Web 3.0 del internet de las cosas—, el cloud computing, las plataformas comerciales, las redes sociales, la mensajería instantánea, las criptomonedas y la economía colaborativa conforman un ecosistema distribuido que disparó el consumo eléctrico global. Para dimensionarlo, se ha señalado que la minería anual de Bitcoin puede equivaler al consumo energético anual de países completos, como Finlandia o Francia.

A ese escenario se suma el sostenimiento de la nube —Dropbox, Google Drive, iCloud, OneDrive, AWS, Huawei Cloud, entre otros—, que demanda una porción significativa del consumo energético mundial. Y mantener la infraestructura de internet activa requiere todavía más. La tendencia, sin embargo, apunta a una nueva aceleración: la masificación de centros de datos orientados a sostener asistentes de inteligencia artificial, operando de manera permanente.


IA: el salto energético de la nueva década

El despliegue global de sistemas de procesamiento de lenguaje natural (PLN), machine learning, deep learning y arquitecturas transformer implica algo simple: más cómputo, más centros de datos, más consumo. A diferencia de servicios digitales tradicionales, los asistentes de IA requieren capacidad disponible en forma continua y escalable, con picos de demanda impredecibles.

Esa demanda se mide en potencia (gigawatts, GW) cuando se analiza infraestructura regional, y en energía anual (terawatts hora, TWh) cuando se proyecta el impacto sistémico. Se menciona, por ejemplo, el caso del Estado de Virginia (EE.UU.), uno de los nodos de centros de datos más relevantes, con consumos del orden de varios gigawatts.

En este tablero, la distribución energética también es poder tecnológico. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) registra que Estados Unidos concentra una porción sustancial de la energía global, seguido por China y la Unión Europea. En paralelo, las proyecciones para 2028 estiman que el consumo mundial de energía de los centros de almacenamiento y procesamiento vinculados a la IA podría ubicarse entre 325 y 580 TWh. Para dar escala, se compara con consumos anuales de países como España, del orden de 255 TWh.

La conclusión inquieta por su lógica: si la IA se convierte en infraestructura crítica —como lo fueron en su momento la electricidad o las telecomunicaciones—, el sistema necesitará fuentes de energía estables, abundantes y continuas. Y allí aparece, otra vez, la energía nuclear.


Nuclear: la opción “continua” en una economía 24/7

Estados Unidos, primera potencia económica al menos hasta 2030, no parece dispuesto a ceder tiempo en la carrera por la IA: la reapertura de centrales nucleares y la construcción de nuevas instalaciones ya forman parte del debate estratégico. China, por su parte, tampoco está dispuesta a resignar terreno en una competencia que excede lo comercial: es geopolítica, industrial y militar.

En esa misma dirección, figuras del sector tecnológico —como Bill Gates y Sam Altman— impulsan estudios e investigaciones para el desarrollo de pequeños reactores modulares (SMR, por sus siglas en inglés). La promesa es conocida: menor escala, mayor flexibilidad, potencial reducción de plazos y costos. El límite también: no se trata de una solución inmediata.

Lo que sí es inmediato es el cambio de narrativa. Durante años, la digitalización se presentó como sinónimo de “despapelización” y, por extensión, de reducción del impacto ambiental. Esa historia fue, como mínimo, incompleta. La era de la IA exhibe un impacto ambiental más difícil de disimular, porque su huella energética se traduce en infraestructura visible: centros de datos, líneas, transformadores, consumo constante y necesidades crecientes de refrigeración.


La ecuación real: competitividad, ambiente y soberanía energética

La cuarta revolución industrial (4.0) se apoya en IA, automatización y robótica. Eso exige energía —mucha— y exige calidad: suministro continuo, resiliente y predecible. La nuclear aparece como respuesta a ese atributo técnico: potencia firme para un mundo que no se apaga.

Pero apostar por nuclear como “atajo” estratégico no debería clausurar la discusión de fondo. Si la economía quiere ser más inteligente, también debe ser más eficiente. Y si la IA será el nuevo sistema nervioso de gobiernos y empresas, el desarrollo y la evolución de energías renovables a gran escala dejan de ser un tema reputacional: se vuelven una condición de sostenibilidad y de autonomía.

En definitiva, la pregunta no es si la IA consume energía. La pregunta es qué matriz energética estamos dispuestos a construir para sostenerla sin convertir la innovación en una nueva fuente de vulnerabilidad ambiental, económica y geopolítica.

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