No importa si caés, sino con qué fuerza te levantás.

Todos vimos la escena mil veces.

Rocky en el piso. El referí contando. Y él que se levanta igual.

Pero yo me quedo con otro momento.

Cuando ya está de pie, sigue mentalizado: no importa si caés, sino con qué fuerza te levantás.

No se queda saboreando la frase. No espera aplausos. Se acomoda los puños y se prepara para el round que viene.

Emprender es exactamente eso, aunque nadie lo filme.

El cliente que se cae a último momento. El socio que se va. El mes que cierra en rojo y tenés que poner cara de que todo bien en la reunión de las 9.

Yo lo viví. Vos también, seguro.

Y la parte fea no es el golpe.

Es el día después. Cuando nadie te está mirando y tenés que decidir si volvés al ring o te quedás explicando por qué te tiraron.

Porque contar la caída se volvió casi un género. Queda bien. Genera likes.

Pero levantarse de verdad es más aburrido que eso: es abrir la planilla, entender qué falló, cambiar una cosa y volver a intentar. Sin público.

Ahí es donde se separan los que siguen de los que se quedan.

Vas a caer. Yo caí varias veces y algunas dolieron bastante más de lo que conté.

Lo único que se elige es cuánto tardás en tirar los primeros golpes al aire.

Contame algo: ¿cuál fue tu caída más fea y qué hiciste el día después?

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