Educar en la era de la Inteligencia Artificial: cómo preservar lo humano frente a la automatización | 24 de enero - Dia Internacional de la Educación

Por Hernán Martini, director del Observatorio para la Educación y el Trabajo de la Cámara Argentina de Formación Profesional.

El 24 de enero, Día Internacional de la Educación, no debería limitarse a una conmemoración institucional. Es una oportunidad —cada vez más urgente— para discutir qué futuro estamos construyendo cuando decidimos qué enseñar, cómo hacerlo y con qué valores acompañamos a quienes aprenden, en un contexto de automatización acelerada.

No es casual que UNESCO haya puesto en el centro del debate un concepto clave: preservar la agencia humana en un mundo crecientemente mediado por la Inteligencia Artificial (IA). La tecnología puede amplificar el aprendizaje, pero solo si se integra con criterios éticos, marcos claros y una inversión sostenida en formación. El riesgo no es usar IA, sino delegar en ella aquello que define lo humano.

La IA debe complementar —no reemplazar— las dimensiones sociales, críticas y culturales de la educación. La analogía es conocida pero vigente: la calculadora no reemplazó a la matemática. Del mismo modo, los sistemas generativos no pueden reemplazar la capacidad de pensar, de interpretar y de cuestionar. Si lo hicieran, estaríamos renunciando a la razón misma de educar.


Educación, visión de largo plazo y liderazgo

En países como Argentina, donde la urgencia del presente suele eclipsar cualquier conversación estratégica, este día interpela directamente a líderes políticos, sociales y empresariales. La educación no es un gasto ni un tema sectorial: es la tecnología social más poderosa que hemos desarrollado para evitar que cada generación empiece desde cero.

Renunciar a una visión educativa de largo plazo equivale a hipotecar la capacidad de adaptación futura. Las dificultades coyunturales no pueden convertirse en excusa para clausurar el pensamiento crítico ni para abdicar del deber de proponer.


La verdadera pregunta: no si la IA entra al aula, sino cómo

El debate relevante ya no es si la IA “entra” o “no entra” en la educación, sino bajo qué reglas, con qué objetivos y con qué responsabilidades. Cuando una tecnología puede producir respuestas en segundos, el valor ya no está en la inmediatez, sino en la capacidad de otorgar sentido.

Distinguir lo verdadero de lo plausible, lo relevante de lo accesorio, lo fundamentado de lo meramente verosímil se vuelve una competencia central. Cuanto más fácil se vuelve hacer, más importante se vuelve pensar.

Aquí la educación recupera su núcleo: formar criterio. Si las máquinas pueden responder, el desafío humano es aprender a preguntar mejor: formular problemas, contrastar fuentes, identificar sesgos y asumir responsabilidad sobre lo que se cree y se comparte.

Junto al pensamiento crítico, emergen con fuerza habilidades que sostienen la vida en común: empatía, cooperación, diálogo y trabajo con otros, incluso —y sobre todo— cuando existen diferencias.


El aprendizaje como hecho social (y no como consumo individual)

Mientras se discuten modelos pedagógicos, el mundo avanza en regulaciones para proteger a niños y adolescentes en el ecosistema digital. No se trata de censura, sino de diseño responsable.

Australia ya aplica restricciones al acceso de menores de 16 años a ciertas plataformas. En Francia se debate prohibir redes sociales a menores de 15 años hacia 2026, y la Unión Europea ya prohíbe la publicidad basada en perfilado cuando el usuario es menor de edad.

En paralelo, países como Países Bajos, Inglaterra y Francia han limitado el uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar para mejorar la convivencia y reducir el ciberacoso. En América Latina, Chile avanzó con una ley que prohibirá smartphones en clases a partir de 2026.

El mensaje es claro: no alcanza con apelar al “buen uso” individual. Es necesario construir condiciones estructurales de protección, transparencia y cuidado.


IA sí, pero sin reemplazar el vínculo pedagógico

La IA puede ser una aliada poderosa para personalizar ritmos, detectar dificultades o ampliar recursos. Pero nunca debe sustituir el vínculo pedagógico. Aprender no es solo adquirir información: es un hecho social.

La educación funciona cuando habilita el error, el intento, la cooperación y el aprendizaje compartido. En una época que empuja al individuo aislado frente a una pantalla, la experiencia educativa sigue siendo uno de los pocos espacios donde se entrena el “nosotros”.

El desafío es cultural, no solo didáctico. Debemos evitar que la tecnología convierta el aprendizaje en consumo pasivo y utilizarla, en cambio, para potenciar autonomía, creatividad y construcción colectiva de sentido. Si se pierde la transmisión de valores y cultura entre generaciones, se rompe el hilo que nos permite reconocernos como parte de una historia común.


Del diagnóstico a la acción

Con esa convicción, desde la Cámara Argentina para la Formación Profesional y Capacitación Laboral se lanzó el Programa Federal para la Juventud en Habilidades y Competencias 2030. Se trata de una iniciativa gratuita para jóvenes de 17 a 30 años, pensada para ser apropiada por municipios, empresas, clubes e instituciones del tercer sector.

Si la IA acelera el mundo, la educación —con criterio, cooperación y cuidado— es lo que puede garantizar que no perdamos el rumbo.


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