La economía Human+: cuando el modelo operativo se redibuja en torno a la inteligencia artificial | Por Accenture

Por Gaetano Salierno, director de estrategia de Accenture Argentina


El futuro del trabajo ya no es una promesa lejana ni un escenario hipotético. Se está configurando ahora mismo, en tiempo real, dentro de las organizaciones. La inteligencia artificial y la robótica han dejado de ser tecnologías periféricas para convertirse en actores estructurales del modelo operativo. Ya no observan desde afuera: comparten la mesa de trabajo con las personas.

Durante años, el debate estuvo dominado por una narrativa binaria: humanos versus máquinas. Reemplazo, desplazamiento, obsolescencia. Hoy, esa lectura resulta insuficiente. Lo que emerge es un paradigma más sofisticado y, sobre todo, más productivo: la cooperación ética entre humanos y sistemas inteligentes, donde cada parte aporta aquello que hace mejor. La IA no viene a replicar el talento humano, sino a absorber lo repetitivo, lo voluminoso y lo rutinario, liberando a las personas para enfocarse en tareas de juicio, creatividad, empatía y toma de decisiones complejas. En otras palabras, la tecnología amplifica el valor humano en lugar de erosionarlo.

Este rediseño profundo del trabajo se sostiene en cuatro grandes palancas interdependientes: el individuo, la economía, las organizaciones y la sociedad.


El individuo: del empleo como tarea al trabajo con propósito

La primera transformación ocurre en el nivel más concreto: la experiencia cotidiana del trabajador. La incorporación de agentes digitales y robots físicos redefine cómo se organiza el tiempo, cómo se toman decisiones y cómo se percibe el sentido del trabajo. El indicador clave deja de ser únicamente la eficiencia operativa para dar lugar a variables como propósito, disfrute, colaboración y aprendizaje continuo.

Un ejemplo ilustrativo proviene del sector de seguros de salud. La automatización de procesos documentales permitió pasar de 10.000 a 30.000 documentos procesados por día, reduciendo el tiempo por caso en un 90%. Solo el 2,7% de los expedientes requirió intervención humana. Lejos de eliminar puestos, este salto de productividad permitió reubicar a los equipos en tareas de mayor complejidad y valor: análisis de casos excepcionales, diseño de mejoras de procesos y atención personalizada. El resultado fue doble: mayor eficiencia sistémica y mayor motivación individual.

El mensaje es claro: cuando la automatización se diseña con criterio humano, no empobrece el trabajo; lo enriquece.


La economía: de la eficiencia transaccional al crecimiento estructural

La segunda palanca es económica. La automatización ya no puede evaluarse únicamente como una herramienta de reducción de costos. Su verdadero impacto está en cómo redefine la creación y captura de valor.

En la industria biofarmacéutica, el análisis de más de 300 tareas distribuidas en 90 roles reveló que más del 55% de las horas laborales pueden ser complementadas por agentes digitales y robots. El impacto potencial en Estados Unidos se estima entre 180.000 y 240.000 millones de dólares anuales. Esta cifra surge de una combinación poderosa: reducciones del 20 al 25% en costos de investigación y desarrollo, del 8 al 10% en producción, y —quizás lo más relevante— ingresos adicionales derivados de acelerar el time-to-market de nuevos tratamientos.

Aquí se produce un corrimiento fundamental en la curva de valor. La automatización no solo hace “más con menos”; habilita “más y mejor”. Se pasa de un modelo de eficiencia transaccional a uno de crecimiento sostenido, donde la velocidad, la calidad y la confiabilidad se convierten en ventajas competitivas estructurales.


Las organizaciones: estructuras híbridas y aprendizaje continuo

La tercera palanca es organizacional. El desafío ya no es tecnológico, sino de diseño: cómo reconfigurar equipos, procesos y estructuras para operar en un entorno híbrido de talento humano y digital.

En este contexto, los Centros de Capacidades Globales (GCCs) están mutando rápidamente. Nacieron como plataformas de escala y eficiencia; hoy se consolidan como verdaderos motores de reinvención. Integran agentes digitales capaces de orquestar flujos de trabajo, robots que ejecutan operaciones físicas y equipos humanos enfocados en resolver problemas estratégicos.

Un GCC que se limite a capturar ahorros corre el riesgo de volverse irrelevante. El diferencial competitivo surge cuando estos centros se convierten en espacios de experimentación, aprendizaje continuo y adopción acelerada de nuevas prácticas. Las organizaciones que avanzan en esta dirección no solo ganan agilidad y resiliencia, sino que también ofrecen a sus colaboradores desafíos más estimulantes y trayectorias profesionales más ricas.


La sociedad: confianza, ética y gobernanza como activos estratégicos

La cuarta palanca trasciende a las empresas. La automatización no puede desplegarse en el vacío. Requiere sistemas educativos adaptativos, marcos regulatorios modernos y mercados laborales capaces de acompañar la transición. Sin este andamiaje, el riesgo no es tecnológico, sino social: aumento de desigualdades, desconfianza y resistencia al cambio.

Por eso, la ética y la gobernanza dejan de ser accesorios para convertirse en condiciones habilitantes. La inteligencia artificial responsable exige transparencia algorítmica, supervisión humana en puntos críticos y mecanismos claros de rendición de cuentas para mitigar sesgos. No se trata solo de cumplir normas, sino de construir confianza. No es casual que más de tres cuartas partes de los ejecutivos a nivel global sostengan que los beneficios de la IA solo se materializarán plenamente si se apoyan en una base sólida de confianza.


El denominador común: valor compartido

El hilo conductor entre estas cuatro palancas es la creación de valor compartido. Para los individuos, significa trabajar en tareas que los desafíen y los conecten con un propósito. Para la economía, capturar eficiencia y crecimiento simultáneamente. Para las organizaciones, operar con estructuras más ágiles y adaptativas. Para la sociedad, avanzar hacia un modelo de desarrollo inclusivo que no deje atrás a quienes aún no dominan la tecnología.

El mayor riesgo no reside en la inteligencia artificial, sino en la narrativa con la que se la introduce. Presentarla como sustituto genera miedo. Entenderla como aliada habilita un trabajo más humano, creativo y productivo. La responsabilidad de los líderes es clara: comunicar con transparencia, sostener la conexión humana y garantizar que el rediseño del trabajo mejore tanto los resultados como la experiencia de las personas.

Lo que emerge es un nuevo equilibrio. La automatización se ocupa de lo repetitivo y voluminoso; los humanos, de aquello que da sentido, juicio y dirección. Ese equilibrio redefine no solo la rentabilidad, sino también qué significa trabajar —y vivir— en la era digital. La verdadera frontera ya no está en cuánto se automatiza, sino en cuánto valor humano se libera gracias a esa automatización.

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