Benjamín Bravo, Daniela D'Agostino, Federico Ecker, Julieta Giataganellis, Delfina Goldaracena, Justine Hartman, Nicolás Kohen, Lucas Levín, Julieta Posilovic y Mariana Boyé son los nombres de los jóvenes y la docente que perdieron la vida en la tragedia de Santa Fe, el 6 de octubre de 2006.
Los chicos de tercer y cuarto año del Colegio Ecos de Villa Crespo regresaban de un viaje solidario a una escuela de El Paraisal, Chaco. También allí murieron dos camioneros quienes, ebrios, zigzagueaban por la angostísima Ruta 11, llamada pomposamente «del Mercosur».
El único imputado, el chofer del micro, fue declarado inocente de culpa y cargo en primera instancia, aunque una vez concluida la apelación, el expediente pasará a la justicia federal y los padres emprenderán batalla judicial contra aquellos que, a su juicio, integran la cadena de responsabilidades. Una confluencia de causas explica estas muertes vanas y excluye todo azar o accidente.
Según la fundación Luchemos por la Vida 22 personas mueren por día en la Argentina en hechos de tránsito, unos 8.000 por año, y existen más de 120.000 heridos de distinto grado, además de cuantiosas pérdidas materiales. Una comparación elaborada con los datos de 2008 establece que, por cada millón de autos, hay 1066 víctimas en Argentina, frente a 89 en Suecia, 116 en Holanda, 123 en España y 186 en Estados Unidos. Precisamente, para desandar esta senda plagada de intereses y desprecio por la vida Los Familiares y Amigos de las Víctimas de la Tragedia de Santa Fe emprendieron un camino, en el cual, desde el dolor, se articularon en un sólido grupo de luchadores. Así, en esta nueva vida –que relatan Lucila de la Serna, mamá de Benjamín, y Héctor D’Agostino, papá de Daniela–, despliegan propuestas, impulsan movilizaciones, reclaman justicia y promueven recitales e iniciativas que recorren el país para difundir la necesidad de poner fin a una masacre cotidiana, advertida y eludible.
–A más de tres años de los hechos, ¿cómo evalúan que fue recibida su lucha por la sociedad?
Héctor: Con una gran solidaridad. Hay organizaciones que vienen trabajando hace muchísimo tiempo, pero nuestro caso logró una mayor atención de los medios y la consecuente adhesión social, creo que por el tamaño y la magnitud de la tragedia, porque la mayoría de los fallecidos eran adolescentes y, además, porque venían de intercambiar solidaridad con otros chicos. El argentino es muy emotivo y el tema caló hondo. También el hecho de habernos juntado las familias, ponernos a trabajar, hacerlo en forma continuada y haber tomado la decisión de hacer esto por el resto de nuestras vidas sin buscar ninguna retribución material, creo que logró un cierto reconocimiento.
Lucila: Hubo gente que hizo mucho para que ese reconocimiento fuese posible. Uno de los primeros que estuvo con nosotros fue Juan Carr, de la Red Solidaria. También nos acompañó desde el inicio Luis Alberto Spinetta, su hija más chica iba al colegio y obviamente el tema le pegó; igual que León Gieco, Ricardo Mollo, que se acercó como vecino, de buena onda, y Javier Malosetti, entre muchos que debería nombrar. Porque ellos nos ayudaron a propagar el mensaje socialmente.
–¿Cuántos factores hicieron posibles los hechos de aquel 6 de octubre de 2006?
Lucila: Siempre hablamos de una multicausalidad de hechos que posibilitaron el choque donde murieron los chicos. El más notorio es el chofer del camión alcoholizado, pero se van sumando otros, como el conductor del micro con poca experiencia y profesionalismo y esto habla de la escasa idoneidad de los choferes. Una ruta que es «del Mercosur» y es de un carril, una ruta más angosta que la que se necesita y casi sin banquina; una autopista que controla muy bien la recaudación pero no si ingresa alguien alcoholizado, una policía inexistente, que si bien se le advierte de lo que puede pasar, no hace nada. Y lo que sucedió es una combinación letal: la conjunción de un Estado ausente con una sociedad sin conciencia del peligro, asumiendo riesgos que llevan a la muerte propia y ajena.
–¿De qué modo creen que influyó la destrucción de 35.000 kilómetros de vías férreas durante el menemismo?
Lucila: Es una realidad que en nuestro país los trenes de larga distancia prácticamente no existen, eso produce un exceso de autos y camiones en las rutas. Por otra parte, carecen de control. Los choferes de micro no tienen un control serio y, directamente, un camionero puede recorrer toda la Argentina en cualquier estado sin que nadie diga nada.
Héctor: Sucede que hay intereses creados para que no se restituya el sistema de ferrocarriles. Hoy el gremio de mayor poder precisamente es el de camioneros y generar un sistema alternativo de transporte para las mercaderías, como supimos tener, sería muy perjudicial para ese gremio.
–Si existen todas estas causas y quizá, más, ¿qué quieren significar cuando nombran al hecho como «tragedia»?
Lucila: En principio lo tomamos de los medios, pero era así como se nos identificaba. Pero además, «tragedia» no tiene porque aludir al azar ni mucho menos quitar las responsabilidades de cada uno. Tragedia lo decimos en el sentido de drama, de dolor humano. Y esto lo marcamos desde siempre, acá no podemos echarle la culpa «al destino». Esto se pudo haber evitado y por lo tanto existen responsables.
Héctor: También utilizamos el término «tragedia» para no emplear la palabra «accidente», que ya es una lucha que se está dando en gran parte del mundo. Debemos erradicar ese término cuando hablamos de incidentes o hechos de tránsito. ¿Por qué erradicar? Porque está muy instalado en el lenguaje la mayoría de la gente y también muy arraigado en la prensa. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud y la ONU, hablan de los hechos de tránsito o incidentes, desechan el término accidente y dicen claramente que es una pandemia. Porque el accidente es un hecho azaroso, imprevisible. Y el 99% de los hechos o incidentes de tránsito pueden ser evitados. Y fácilmente. Por un lado tenemos el tema infraestructura, que es complejo e importante, pero no es el de mayor urgencia. Hay muchas cosas que se pueden hacer, más baratas y rápidas que salvarían muchas vidas y nosotros vamos en esa dirección.
–¿Por ejemplo?
Héctor: Apuntamos a trabajar las conciencias. La mayoría de los incidentes no se producen porque hay pozos o porque la curva no está bien peraltada. Sí, tal vez la curva no está bien peraltada, pero resulta que hay un cartel que dice «curva peligrosa: máxima 60», y el conductor no lo respeta. Entonces no podemos culpar a la infraestructura. Debemos tomar conciencia de que respetar las indicaciones puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
–¿Podrían desarrollar el enfoque de la OMS respecto de los hechos de tránsito?
Héctor: Ellos lo ponen en paralelo con las principales enfermedades que son causa de muerte en la población y la tratan como una pandemia porque esta problemática está presente en todo el mundo. Es una enfermedad social, no es un virus que afecta a una persona. Es un padecimiento que afecta no sólo a los que murieron sino a los sobrevivientes, gente que queda inválida en distintos grados, o sufre afecciones psiquiátricas, psicológicas, físicas y otras. En la Argentina estamos lejos de este tratamiento; en otros países lo tratan así porque hay gente que no se puede reincorporar a su trabajo ni a otros planos de su vida luego de un incidente de tránsito. Y eso les pesa. ¿Por qué no sucede lo mismo en nuestro país? Porque hoy Argentina es un país subdesarrollado, lamentablemente, y éste es un problema emergente que fue creciendo con el aumento de vehículos en las calles y con las crisis. Argentina va de crisis en crisis. Precisamente algo que pasa en ellas es la pérdida del respeto a las normas. Así nuestro problema se ve agravado. Por eso la tarea principal es el cambio de conciencias.
–¿Qué transformaciones se produjeron en ustedes luego de la muerte de sus hijos?
Lucila: Toda tu vida cambia. Desde que se instala algo que nunca uno lo había pensado, con lo cual tiene que convivir diariamente. Acompañar a la familia, con su propio dolor y con su manera de vivirlo. Es algo muy difícil de transmitir. Por otro lado, te cambian los objetivos, el otro día leía un mail de Oscar Castellucci que decía: «Yo volví a nacer a los 57 años» (su hijo Martín fue asesinado a golpes por un patovica en Lanús), y yo sentí lo mismo. Es una segunda etapa de la vida donde uno se replantea totalmente. Algunas cosas que pasan a ser prioritarias y otras pasan totalmente a un segundo plano. Uno recategoriza y valora instantes que antes pasaban inadvertidos. Es un cambio fundamental en la vida. Para nosotros también fue encontrar una militancia que ni la habíamos pensado antes.
Héctor: Y sí, es empezar de nuevo, es comenzar otra vida. Creo que nadie puede entenderlo si no pasa por esto, y nadie quiere que alguien pase por esto. Yo siento que hay un antes y un después, que hay una vida anterior y una posterior. Y en ésta uno puede vivir con la familia que tiene, con las fuerzas que tiene. Para los padres es una vida con una mutilación tremenda; para los hermanos, sobre todo cuando el que no está es el mayor, es muy duro. Cambia la familia, los vínculos cambian, incluso con nuestros propios padres.
–¿De qué manera se modifican esos lazos?
Héctor: Cuando uno pierde un hijo, ver que tiene los padres vivos es doloroso. ¿Por qué? Porque no es natural. Lo natural es que se vayan los viejos primero, no los chicos. Y para los viejos perder un nieto es terrible. Entonces hay todo un sufrimiento, un dolor que por momentos se oculta porque nadie quiere hacer el dolor del otro más duro, entonces los vínculos se complican, estamos juntos sufriendo. Y como no se puede vivir así, hay que empezar de nuevo. Una parte tuya se fue con tu hijo, tenés que dejarlo ir y comenzar una vida con lo mejor que te quedó de él. Y tratar de hacer lo que te hace bien, la lucha nos hace bien. Construir desde lo destruido. Uno dice: «nunca más voy a ser feliz». Y probablemente no de la misma manera. Pero hay que reaprender a reírse, a tener buenos momentos, a seguir, sobre todo por los chicos que quedan que también tienen que rearmar sus vidas.
–¿Cómo se encuentran los chicos que sobrevivieron?
Lucila: Sucede que no nos vemos mucho. Los padres que más trabajamos somos aquellos cuyos hijos murieron y con los que sobrevivieron no estamos en contacto, así, permanentemente. Por ahí nos juntamos el día del recital o de alguna actividad. Ellos mantienen una distancia porque entendemos que les resulta dolorosa la cercanía.
Héctor: Se han acercado en momentos puntuales, a veces tuvieron necesidad de hablar con nosotros por la amistad con nuestros hijos. Lo que noto es que están todavía muy afectados por esa terrible experiencia.
Lucila: Me parece que la herida está muy abierta y que no quieren revivirlo. A mí me pasa que en este momento no salgo más herida por tener una entrevista: es hablar de Benja, es hablar de lo que pasó. Y me parece que en algunos de ellos es revivir y no quieren hacerlo. Me contaba el abogado que varios tuvieron enfermedades graves y el origen era emocional por la situación traumática.
–¿Qué relación tenía con los chicos Mariana, la docente que falleció en el hecho?
Lucila: Ella era psicóloga y daba una materia que se llama Trabajo grupal, que en realidad no es eso; en los primeros años ven educación sexual, adicciones, todo lo que tiene que ver con la temática social de la edad de los chicos. Y tenía una excelente onda con ellos.
–¿Cuál es el estado de la causa?
Héctor: La causa penal está en segunda instancia, pasó a la Cámara de Apelaciones de Vera, Santa Fe, y ahí el único imputado es el chofer del micro, ya que los dos choferes del camión murieron. El juez entendió que no había descuidado a sus pasajeros. Ahora veremos qué pasa en la apelación.
Lucila: El juez escribió frases como: «él (chofer) iba a 90 kilómetros por hora y nunca bajó la velocidad por más que en un línea zigzagueantemente se veían las luces». Todos los automovilistas particulares hicieron la maniobra correcta, que es reducir la velocidad y correrse a la derecha, hacia la banquina. El chofer del micro no aminoró la marcha y no se tiró al costado derecho. Intentó esquivar al camión por la izquierda, por donde vienen todos los vehículos en contra. Así mata a los chicos y él sale ileso. Lo que dicen los especialistas, no nosotros que estamos cargados de emoción, es que la maniobra correcta era aminorar la marcha y correrse a la derecha. Lo que dice el juez de primera instancia es que como iba a la velocidad reglamentaria nada garantiza que si hubiera bajado la velocidad no hubiera ocurrido. Algo completamente ilógico.
Héctor: También el juez habla de «reacciones y reflejos». Un chofer profesional no puede darse ese lujo. Debe tirarse a la derecha bajando la velocidad tal como le enseñaron. No podemos ser parte, la legislación así lo establece. Igual nos movimos y se fue de la causa el fiscal que había adelantado que él tenía el mismo criterio del juez de primera instancia. Nosotros no pensamos que el chofer es un asesino serial, pero lo mínimo que esperamos es que lo inhabiliten para conducir. Nuestra esperanza es que cambien las cosas en la apelación.
Lucila: Sabemos que a la cárcel no va, lo máximo que le puede pasar es que le saquen el registro. Pero queremos que por lo menos se establezca la responsabilidad.
–¿Cómo es para ustedes la cadena de responsabilidades?
Lucila: Terminado el juicio de Santa Fe, pasa a la justicia federal y continúa con aquellos que nosotros creemos que tienen un grado de responsabilidad. Si hay un chofer responsable, está la empresa responsable. También iremos contra la policía de Santa Fe, el entonces secretario de Transporte, Ricardo Jaime, y el organismo que controla las concesiones de las autopistas de la provincia.
Héctor: La ruta es angosta, si es tan angosta, ¿por qué circulan camiones de semejante tamaño? ¿Quién lo permite? ¿La policía? Vamos contra ella. ¿Por qué no hay controles? Vamos contra el organismo de control, y así subimos hasta lo máximo que se pueda subir. Entendemos que si nunca hay responsables, seguirán las muertes.
–¿Qué logros tuvieron hasta el presente?
Lucila: A los dos años de haber puesto en marcha el Petitorio por la Seguridad Vial conseguimos, con el apoyo de cada uno de los que adhirió, el Convenio Federal de Seguridad Vial, firmado en agosto de 2007 y ratificado por una ley sancionada en abril de 2008. La misma creó la Agencia Nacional de Seguridad Vial, y así por primera vez tenemos una autoridad única a nivel nacional. Entre otras cosas, también prohíbe la publicidad y venta de alcohol en las rutas, crea la Licencia Nacional de Conducir y la consulta obligatoria al Registro Nacional de Antecedentes de Tránsito para otorgamiento y renovación de esa licencia.
Héctor: Algo que nos ayudó mucho fue la relación con algunos medios. Aprendimos paso a paso, a quién darle una nota, a quién no. Tenés que pensar que ninguno de nosotros tenía la más mínima idea de lo que era una entrevista en un diario o una nota en televisión, si nos iban a llamar o cuánto tiempo teníamos. Y empezamos a generar mucha prensa. Este gobierno en particular es muy susceptible a la prensa, y de ese modo se empezó a mover la rueda. En marzo de 2007 hicimos un acto en la puerta del Colegio, nos acompañaron Spinetta, Gieco y otros, y tuvimos mucha prensa. Allí aprovechamos para pedirle al presidente que nos reciba, y funcionó.
Lucila: Sí, se dio una conjunción de cosas para que así fuera y lo valoramos. Sabemos que hay muchos padres que sufrieron un dolor como el nuestro y no tuvieron la misma respuesta. Nos recibió Néstor Kirchner y nos propuso trabajar en una agenda política conjunta. Así logramos el acuerdo federal, la ley y la agencia, que es autárquica, tiene un presupuesto y facultades para coordinar las políticas de todo el país. Claro que las provincias se tienen que adherir, porque si no, no es lo mismo.
–¿Qué rol desempeñan ustedes en ese ámbito?
Lucila: Sólo formamos parte del Comité Consultivo. Es decir, hasta ahora nosotros no tenemos personería, no estamos en ningún registro salvo en el registro social, no somos más que lo que se ve: un grupo de padres preocupados por las muertes absolutamente evitables. Existen tres comisiones, estamos en las dos que queremos estar: la de Derechos Humanos y la de Educación, impulsamos cosas que queremos que se hagan: estudios, estadísticas, pedidos de control. Nosotros generamos proyectos y luego otros lo ramifican y o instrumentan.
Héctor: Y de ese modo fuimos invitados a Madrid, Bruselas, Ginebra y Moscú por la OMS y la ONU para tratar temas de la seguridad vial. Ellos encuentran que las organizaciones no gubernamentales son poderosos instrumentos para fomentar cambios en los países. Y que es más efectivo trabajar con las ONG’s que mandar una delegación que hable con el ministro de Salud y le diga: «¿Por qué no tenés nada hecho en el área?».
–¿Qué les impactó de los debates y logros en otros países?
Héctor: Por ejemplo, el trabajo que vimos de la Dirección General de Tránsito de España cuando nos invitaron a un Congreso Iberoamericano. La DGT tiene 50 años de experiencia, y consiguieron bajar las muertes a la mitad en cinco años, lo cual es un caso único en el mundo. Y ahora están saliendo a colaborar en los países de América latina. Pero también hay que decir que cuando fuimos al Congreso de Ministros que se hizo en Moscú, no fue ningún ministro argentino y otros países mandaron al ministro de Transporte y al de Salud. Argentina mandó, y porque yo insistí, a un funcionario de tercera línea de la Agencia. Y entonces uno de los reclamos que tenemos es que exista una real política de Estado. Porque además el tema vial genera pérdidas económicas extraordinarias para la sociedad.
Lucila: Junto a otra mamá, también psicóloga, hicimos una investigación en la Academia Nacional de Medicina y una parte era saber la cantidad de pérdidas que daba al Estado cada incidente, cada herido, cada muerto. Por rehabilitación, por cama, por terapia intensiva y tantas otras necesidades. Bueno, le implica un gasto enorme al Estado. Y a nivel preventivo no se hace nada. Precisamente, la investigación apuntaba a develar el gasto que tenemos y que podría aprovecharse en otras áreas de salud, si existiera prevención en este tema y se tomara como un problema de la salud y no cómo «accidentes» que nos llegan del «destino».
–¿Y qué medidas reclaman aún al Poder Ejecutivo?
Héctor: La creación de la Agencia fue un paso importante, pero faltan tramos importantísimos. Por ejemplo, que la educación vial se imparta en todos los niveles educativos: inicial, primario, secundario, terciario y universitario. Que el Ministerio de Trabajo efectivice un sistema de descanso de choferes de camiones y micros pensando en las condiciones seguras de trabajo que el sistema de control no pueda vulnerarse. Que se realice un control permanente y no espasmódico de automóviles, micros, camiones y conductores para asegurar que la ley se cumpla, incluyendo el control sistemático de alcoholemia con aplicación efectiva de la sanción correspondiente. Que se mejore la infraestructura en todo el país. O sea, que haya una real política de Estado.
Lucila: Existen algunas cosas que se van haciendo, pero aún falta. Hay que destacar un programa que se llama «Dos segundos», va por Canal Metro los viernes a las 19:00 horas y los martes a las 7:30. Es muy bueno, lo hace la Agencia Nacional de Seguridad y lo conduce Sergio Levín, que es papá de uno de los chicos. Dura media hora. Pasan cortos, por ejemplo, del automovilista Juan María Traverso, hay educación, conciencia vial y testimonio de los familiares.
–Respecto de los otros poderes, ¿cuáles son las demandas?
Héctor: Al Poder Legislativo le estamos pidiendo que modifique el Código Penal aumentando las penas, para que los delitos derivados de hechos de tránsito con consecuencias graves o fatales tengan un castigo ejemplar. Al Judicial, que sancione a quien no cumple la ley y que asuma que con su rol se puede lograr prevenir nuevos hechos que provocarán muertes en el futuro.
Lucila: Y a las provincias, que adhieran a la ley 26.363 y a su reglamentación. Que trabajen seria y comprometidamente para que la Seguridad Vial sea posible. Sólo un sistema nacional unificado va a permitir generar políticas de prevención.
–¿Qué sienten haber aprendido de sus hijos?
Héctor: Tomamos en nuestra vida cotidiana muchas cosas que nos dejaron ellos. Como el conocernos, estar juntos, luchar por una causa solidaria con todo para enfrentar el dolor más trágico y profundo, que puede evitarse.
Lucila: En el viaje a Chaco nuestros hijos eligieron una frase: «Sabernos juntos nos hace fuertes», luego la pintaron en una bandera y también pintaron sus manos con los chicos de la escuelita de El Paraisal. Nosotros tomamos la idea e hicimos una bandera igual. Porque no es una frase más, el sabernos juntos nos hace fuertes.
Fuente: Acción Digital
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El autor Héctor D'Agostino es miembro desde el Lunes, 07 Junio 2010.
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